domingo, 13 de mayo de 2012

Esperando al Mesías...


Estoy esperando un llamado...
Ustedes se preguntan: ¿A qué se dedica? ¿Tengo oficinas en la City porteña, alfombradas, con centralita, computadoras, télex? No. ¿Veo al cardiólogo de la bolsa? No. ¿Tengo yate, estancias, avión particular? No. Ni siquiera tengo auto. ¿Y entonces? Los devora la curiosidad. Lo sé . ¿Soy un cirujano de renombre? ¿Sí? ¿Vendedor? ¿Manosanta? No. Mi dominio es otro. Qué suspenso, ¿eh?
Les voy a contar...
A partir de centrar mi atención en canales de cable que pasan extensas publicidades del tipo llame y compre, me fanaticé por objetos y soluciones inútiles.
Intenté solucionar mi problema de sobrepeso consumiendo cápsulas reductoras, utilizando fajas y trusas reductoras para reducir la grasa acumulada en mi abdomen, cintura y piernas. Busqué tonificar (o solidificar, más bien), esas adiposidades que no cedían con el uso diario de esas prendas confeccionadas con el más fino poliéster / chino.
Combatí mi calvicie con cascos masajeadores que no hacían más que brindarme un grato arrullo craneano, mientras parpadeaba, pasada la medianoche, intentando seguir, sin perder detalle alguno, los relatos sobre exorcismos y curas milagrosas brindados por pastores brasileños, tan de moda en la tv actual, como en los ’80 fue el club 700.
En fin.
Es cierto. Está a la vista. Recuperé el pelo y bajé de peso. Pero desgraciadamente no fue gracias a soluciones mágicas. La televisión me defraudó, aunque yo deposité mi confianza en ella.
La historia sobre cómo alcancé mi estampa actual roza lo escabroso, y supera el motivo de mi exposición. Además es un relato signado por el esfuerzo, la entrega y la resignación de los placeres más queridos por mi, al menos. Para que se den una idea: las mujeres con poco busto se hacen las gomas; los hombres con poco pelo, el entretejido. Qué se le va a hacer.
El fin por el cual me auto convoco hoy a dar esta charla, es la revelación y apología de un adminículo que, desde mi total convicción, promete solucionar mi vida y la de todos como por obra de magia.
Es un aparato simple, pequeño. Si el control remoto constituye una extensión del pene para el hombre, el celular es el punto G que todos podemos tener en la palma de la mano para proporcionarnos goce interminable cuando la insatisfacción se apodera de nuestras vidas.
A partir del celular se modificó mi forma de ver el mundo y pensar mis problemas. Me cargué de energía, tal como se carga la batería del teléfono en el enchufe de la pared. Los dilemas profundos, las angustias existenciales, se vieron eclipsados por problemas superficiales: La recepción o no de un mensaje de texto, la pérdida de señal para comunicarse con el otro. Pero se hizo la luz. Horóscopos y cartas natales pueden llegar casi al instante a nosotros, y darnos las claves para el futuro inmediato; resolver penas de amor; problemas económicos; encontrar ese trabajo que no llega –ni por intermedio de los santos-. Claves para sentirse bien; recetas para los cocineros novatos y presurosos.
Todo esto me extirpó de mis más profundos padecimientos , del mirar hacia adentro; de los conflictos del trato personalizado, el cara a cara. Este pequeño medio electrónico, suma de todos los medios, elimina las contingencias, los errores, la incomodidad de acercarse al otro con el riesgo de ser vulnerable. 
Me convertí en un adorador de la telefonía celular. Recibía cada día mi horóscopo, que utilizaba al pié de la letra para organizar mi vida cotidiana.
Hago un paréntesis en este tema. La verdad nunca leí nada que describiera tal cual lo que pasaba en los diferentes ámbitos de mi vida. Es más, muchas veces no tuve el más mínimo indicio de éxito laboral, incluso lo sigo esperando. Me hice vegetariano; me acostumbré a caminar para mejorar el funcionamiento de mi sistema circulatorio. Todo por recomendación de mi astrólogo digital. Y no sé si funcionó. Sí sé que de un tiempo a esta parte poseo una anemia galopante, pero ya pasará.
En el terreno del amor tengo mis días buenos y malos. No conocí tantas mujeres con las que hayan prosperado relaciones pasionales y llenas de sexo. Pero tampoco me puedo quejar.
Yo confío en mi horóscopo, como tantos millones de personas también lo hacen. Si no, no existirían tanto astrólogos. Porque la gente los necesita. Son los psicólogos del cosmos y saben hacer su trabajo, sólo que sin matrícula.

Mariano Vincenzetti (2007)

domingo, 6 de mayo de 2012

Aquellas pequeñas cosas de la niñez


JACINTO
Graciela Cabal (adaptación)

Era el día del cumpleaños de Julieta. Estaba ansiosa por ver sus regalitos. Ni bien se despertó, comenzó a romper los papeles coloridos y brillantes: una hermosa muñeca; una carterita; una tortuga de verdad y muchas cosas más. De pronto, sentado sobre el escritorio vio a Jacinto. Jacinto era una especie de vaquita de San Antonio. Estaba sentado sobre un lápiz color verde manzana, mirando a Julieta muy sonriente.
De repente, Jacinto le guiñó el ojo a Julieta y le preguntó “¿Dónde es la fiesta de tu cumple?” Entonces, Julieta lo levantó y juntos fueron al comedor de la casa. Sobre la mesa, había una hermosa torta de cumpleaños. Jacinto, ni corto ni perezoso, se subió a la mesa y fue directo hacia la torta ¡qué rica! dijo, e inmediatamente comenzó a pellizcar las riquísimas almendras bañadas en chocolate. Llegaron los amiguitos de Julieta y le cantaron el cumpleaños feliz.
Desde el día de su cumpleaños, Julieta y Jacinto se hicieron inseparables. Si Julieta iba al jardín, allá iba Jacinto muy cómodo en el bolsillo del delantal. A la noche, el lugar preferido de Jacinto para dormir eran las chinelas bien peluditas de Julieta. ¡Y cómo disfrutaba del canasto de juguetes! Se metía bien adentro y comenzaba a revolear todo: ositos, muñecas, peluches…
Como la mamá de Julieta no lo veía, porque Jacinto era tan pero tan pequeñito, cuando encontraba la pieza de Julieta patas para arriba, le daba un buen reto a la pobre Julieta -  “mira lo que es el piso, Julieta, todos los juguetes desparramados!!!” decía la mamá.
Un tiempo después llegó al mundo Santiaguito, el hermanito de Julieta. La casa era un loquero: la mamadera, los pañales, el cochecito… Toda la familia vivía pendiente del bebé y poquito a poco, Jacinto empezó a pasar a un segundo plano. Ya nadie se acordaba de él; ni siquiera Julieta. Jacinto estaba muy triste y celoso del bebé.
Un día se trepó al canasto donde dormía Santiaguito y le arrancó el chupete. El bebé empezó a llorar y Jacinto salió corriendo de la habitación. La mamá, el papá, la abuela y Julieta estaban desesperados, no sabían qué era lo que le sucedía al pequeño.
-“Le duele la panza!” decía la mamá
-“Tiene hambre!”, decía el papá.
Y casi al mismo tiempo, todos gritaron: “Llamemos al doctor Nicolín!”
El Doctor vino de inmediato y examinó a Santiago de pies a cabeza. Después, se rascó un poco la cabeza, miró a todos por encima de sus anteojos y dijo “A este chico, le falta el chupete.” Toda la familia corrió hacia la farmacia de la esquina a comprar un chupete.
El bebé se quedó llorando a moco tendido. Entonces apareció Jacinto en puntitas de pie y le puso el chupete en la boca. Santiaguito paró de llorar  en un periquete y le sonrió a Jacinto; luego, le agarró un dedo bien fuerte. Jacinto trataba de soltarse, pero no podía – En ese momento llegaron todos, cada uno con un chupete en la mano y vieron cómo Santiaguito reía y reía sin parar, loco de alegría-
Jacinto lo miró a Santiaguito, le guiñó un ojo y despacito despacito, se fue acomodando en el canasto, bien cerquita del bebé- ¡Qué bien que se sentía dentro de ese canasto perfumado y lleno de moños celestes!!!. 

sábado, 3 de marzo de 2012

Mi Capital (canción)

La Mississippi
 
Paso el tiempo y no te pude pagar
las cuotas vencidas de mi vida social.
Yo sigo siendo un tipo casual,
que se cree profundo pero siempre es banal.
Y ni un centavo menos,
ni un centavo mas,
es mi cuenta final.
Gaste a cuente de mi vida virtual
y perdí mi crédito sentimental.
Viví sorteando la agudeza fiscal.
Pero a tus ojos no los pude engañar.
 
Y ahora ya no puedo
dar un paso atrás,
es la recta final
 
Flaca ya sabemos
que lo que nos debemos
no se paga mas.
Yo solo tengo esto
virtudes y defectos.
Este soy yo
ese es mi capital.
 
Y ahora ya no puedo
dar un paso atrás
es la recta final.
 
La fortuna siempre tarda en llegar,
al menos yo tengo una reserva moral.
En mi alcancía sólo hay felicidad
y nadie en el mundo me la puede robar.
Ni un centavo menos,
ni un centavo mas...
Es mi cuenta final.
Ni un centavo menos,
ni un centavo mas...
Ese es mi capital !!!




domingo, 1 de enero de 2012

Año Nuevo (por Alberto Ferreyra)

Es preferible esperar
A las 19.58 llegó a la parada. Tenía que estar a las 20.
No debía tomar un colectivo. Lo suyo era jugar un partido de pool.
Había acordado con Graciela encontrarse allí pues a ninguno de los dos le gustaba esperar allí donde el que está solo cree que los demás lo imaginan víctima de un plantón.
-En el pool no, está lleno de tipos -dijo Graciela.
-En un banco de la plaza Olmos podría ser. El problema es que a lo mejor ese banco está ocupado por una pareja y nos desencontramos -contestó Adolfo.
A Graciela le gustó la ocurrencia de Adolfo de verse en la parada de ómnibus tras la Municipalidad y desde allí caminar hasta el pool de Sobremonte al 500, entre Deán Funes y Fotheringham.
-Así me hago la que espero un colectivo mientras vos llegás.
-No vas a tener que esperar. Voy a ir un par de minutos antes de las 8 -replicó Adolfo, con afán de puntualidad después de haber llegado tarde un par de veces en menos de un mes.
Los coches llegaron, se detuvieron y continuaron viaje, como es de prever en las paradas.
Las 19.58 fueron parte del pasado. Quedaron cada vez más lejos conforme se hicieron las 20, las 20.03, las 20.06 y siguientes horas.
Sentado en la verja del edificio de calle Irigoyen al 600, Adolfo miraba hacia la izquierda. Sabía que la chica no iba a llegar por 25 de Mayo, sino por Belgrano o por Irigoyen bajando la numeración, de sur a norte.
Una sombra lo hizo girar la cabeza a la derecha. "No es", fue la amarga consecuencia pensada después de haber visto a un pibe al que había imaginado Graciela.

Lo supo
A las 20.12, Adolfo tuvo la certeza de que ella no iría a la cita. La sabía puntual, con esporádicas impuntualidades de menos de 10 minutos.
Aunque era impaciente como pocos -los analistas del horóscopo se lo atribuían a su condición de taurino-, Adolfo hubiera deseado seguir esperando a darse cuenta de que Graciela no iba a jugar con él al pool. Quizás debido a que la piba con la que inicialmente tomaba el café de los amigos le había generado sentimientos como para proponerle noviazgo.


Autoridades
-Él es rector de la Universidad.
-Él es decano de Ciencias Exactas.
Las tonterías estaban de parabienes en boca de la dupla de jóvenes que parloteaban en el boliche adonde habían ido después de un asado en la casa de Román, un amigo común.
-En realidad no soy el rector, voy a serlo dentro de 20 años -prometió Ezequiel.
No hizo falta desmentir que Martín era autoridad de la Facultad de Exactas.
Las dos chicas a las que se dirigían los miraban y sonreían, acaso momentáneamente entretenidas o aburridas de un modo distinto del de ratos precedentes.
Martín se puso a charlar con Lucía; Ezequiel, con Fiorella.
"Vos tenés dos chicos, yo tengo una nena", fue una de las expresiones que Martín recordó como suya mientras iba saliendo del boliche en remís junto con Ezequiel y Román.
La frase había sido la última de un diálogo con Lucía hasta ese momento prometedor.
El otro parDespués de hablar de un abuelo y una hermana de Fiorella a los que Ezequiel conocía, aludieron a la necesidad de trabajar de ella y al concepto de él relativo a que quien trabaja sin estudiar una carrera universitaria está más expuesto a hacer lo que no le gusta.
Él se ofreció a ayudarla en lo que pudiera. Bueno, pero no héroe de los que aparecen muy de vez en cuando, advirtió que la ocasión era propicia para pedirle el teléfono.
No importó la falta de birome y de papel, ni que fueran 9 los números a memorizar, como que se trataba de un celular.
El sábado, cerca de las 7 de la tarde, él la llamó.
El domingo, a las 8 y 10 de la noche, se sentaron a una de las mesas del café Square, de donde salieron a las 11 menos 20.


Un reloj particular
"No podrás decir que soy impuntual". La frase, pronunciada al tiempo que le mostraba el reloj clavado en las 20:00:00, fue la primera de Adolfo a Graciela ese domingo de marzo.
Ella sonrió y descalificó la hora del reloj de quien sabía que llegaba cerca de 10 minutos después de las 20 a la cita en la heladería que está enfrente de la terminal de ómnibus.
-No pensarás que atrasé el reloj a propósito para aparentar puntualidad -dijo él en tono más jocoso que serio.
Una sonrisa a la que él leyó como "Sos un desastre" fue la contestación de Graciela.
Dolor de muelas adujo ella para no tomar helado.
El impuntual, que acreditaba algún que otro elemento de caballerosidad, explicitó que no era lo mejor para ella quedarse ahí viéndolo tomar un helado. Trascartón, la invitó al tercer café entre ambos.
No fue en Square ni en el Cyber Café de calle Alvear al 600. Se instalaron en uno de Sobremonte al 1000, entre Moreno y Rioja, donde a Graciela no le importaba estar con "ropa de entrecasa", tal la calificación de ella respecto de una remera y un pantalón negros.
El del lugar no resultó el único cambio con relación a los anteriores encuentros. Por primera vez, él la acompañó de vuelta a su casa. Es dable suponer que la conducta confirmaba el entusiasmo creciente de él y el consentimiento de ella.



sábado, 10 de diciembre de 2011

Un Justiciero

El Enmascarado no se rinde
(cuento callejero)


Cuando la maestra entra al aula de 2º grado donde daba clase, encuentra en la pizarra escrito:
PIS (El Enmascarado)


Con el ceño fruncido se dirige a la clase y los increpa para que confesara el culpable.

Ante el silencio reinante, se calma, y dice, "haremos lo siguiente, todos cerraremos los ojos y el que escribió eso, se para y lo borra".
"Todos a cerrar los ojos"

Se escucha que se corre una silla, unos pasitos, ruidos en la pizarra y luego pasos y silla en su lugar.

"Ahora, todos abrimos los ojos"

Y en el pizarrón dice:
PIS Y CACA
El Enmascarado no se rinde!!!

viernes, 9 de diciembre de 2011

No queda Nada...

Nada


He llegado hasta tu casa...
¡Yo no sé cómo he podido!
Si me han dicho que no estás,
que ya nunca volverás...
¡Si me han dicho que te has ido!
¡Cuánta nieve hay en mi alma!
¡Qué silencio hay en tu puerta!
Al llegar hasta el umbral,
un candado de dolor
me detuvo el corazón.

Nada, nada queda en tu casa natal...
Sólo telarañas que teje el yuyal.
El rosal tampoco existe
y es seguro que se ha muerto al irte tú...
¡Todo es una cruz!
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún...
¿Dónde estás, para decirte
que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?

Ya me alejo de tu casa
y me voy ya ni sé donde...
Sin querer te digo adiós
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde.
En la cruz de tu candado
por tu pena yo he rezado
y ha rodado en tu portón
una lágrima hecha flor
de mi pobre corazón.

Horacio Sanguinetti (1944)

domingo, 4 de diciembre de 2011

Castillos en el Aire

Alberto Cortéz
Quiso volar igual que las gaviotas, libre en el aire, por el aire libre y los demás dijeron, "¡pobre idiota, no sabe que volar es imposible!". Mas él alzó sus sueños hacia el cielo y poco a poco, fue ganando altura y los demás, quedaron en el suelo guardando la cordura. Y construyó, castillos en aire a pleno sol, con nubes de algodón, en un lugar, adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón. Y construyó ventanas fabulosas, llenas de luz, de magia y de color y convocó al duende de las cosas que tiene mucho que ver con el amor. En los demás, al verlo tan dichoso, cundió la alarma, se dictaron normas, "No vaya a ser que fuera contagioso..." tratar de ser feliz de aquella forma. La conclusión, es clara y contundente, lo condenaron por su chifladura a convivir de nuevo con la gente, vestido de cordura. Por construir castillos en el aire a pleno sol, con nubes de algodón en un lugar, adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón. Y por abrir ventanas fabulosas, llenas de luz, de magia y de color y convocar al duende de las cosas que tienen mucho que ver con el amor. Acaba aquí la historia del idiota que por el aire, como el aire libre, quiso volar igual que las gaviotas..., pero eso es imposible..., ¿o no?